_El siglo de oro de la poesia taurina | Articulos relacionados | Rubén Castillo Gallego
   

Ahora que el mundo de los toros se ha convertido en objeto de información constante en revistas y televisiones, a causa de varios percances humanos (Juan José Padilla, Julio Aparicio), polémicas relacionadas con el mundo del corazón (Francisco Rivera), fallecimientos (Antoñete) e incluso algunas decisiones políticas que se han llevado a la práctica con más celeridad de la empleada en defender, por ejemplo, los derechos humanos o el 0’7% (prohibición de los espectáculos taurinos en Cataluña), no será malo que volvamos los ojos hacia otra parte de ese mundo del toro, que ha producido resultados más brillantes y más imperecederos de lo que muchos querrían reconocer: la literatura. Coordinado por Salvador Arias Nieto, y contando con la participación de los especialistas Conchita Santamaría Guillén, Carmen Postigo San Emeterio y Enrique Torre Bolado, se ha publicado en Cantabria un extenso volumen (más de 900 páginas) donde se da repaso a las manifestaciones poéticas que ha suscitado el arte de Cúchares durante el pasado siglo XX. En esta antología magistral caben los poemas más conocidos, como La fiesta nacional, de Manuel Machado («Una nota de clarín, / desgarrada, / penetrante, / rompe el aire con vibrante / puñalada») o el celebérrimo Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, de Federico García Lorca («A las cinco de la tarde. / Eran las cinco en punto de la tarde»), pero también una nutrida representación de textos que, sin ser tan reputados, alcanzan instantes de belleza memorable, que conviene reflejar y ofrecer reunidos para el público. Usando un variado cauce de moldes estróficos (sobre todo sonetos, pero también romances, letrillas o tercetos encadenados), los autores que aparecen en este tomo van dejando su visión poética sobre los diferentes elementos que integran el toreo. Hay muchos homenajes a toreros de renombre (Curro Romero, Enrique Ponce, Rafael de Paula, Antonio Bienvenida, Manolete, Paquirri, Joselito, Antonio Ordóñez…), pero también una aproximación lírica a los banderilleros, los espontáneos, los maletillas, los picadores o el público que asiste a las corridas (donde no faltan destellos de humor: el escritor cántabro José María de Pereda dice en una de las composiciones que en los tendidos se ve cada mujer «que parte los hipocondrios»). Mención aparte merecen los poemas donde los vates se detienen a valorar líricamente la figura del propio toro, como en los casos del toledano Rafael Morales (quien define al animal como «huracán de plomo espeso»), del madrileño José Hierro (que nos habla con gran emoción de su «escultura de sombra y cuernos de oro») o del también madrileño Gabriel Albendea (quien se decide por definirlo como «Sangre, viento de piedra, luz de nardo»). Para algunos aficionados al mundo de la literatura será una auténtica sorpresa descubrir aquí los poemas taurinos de Rafael Alberti, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Felipe Benítez Reyes, Antonio Buero Vallejo, Gabriel Celaya, Luis Cernuda, Gerardo Diego, Antonio Gala, Gloria Fuertes, Jorge Guillén o Juan Ramón Jiménez, por citar algunos de los más conocidos. El mundo de la literatura murciana está representado también por un buen número de autores, que incluye a los cartageneros Carmen Conde y Antonio Oliver Belmás, al alhameño Alfonso Martínez-Mena, al ceheginero Antonio García Jiménez, al muleño Diego García López (autor del magnífico libro Región volcánica del toro, que apareció en 1999 y ha merecido los elogios del profesor Juan Barceló) o al moratallero Elías Los Arcos (representado con un soneto inédito hasta la fecha y que dedicó a Rafael el Gallo). Como cierre del volumen se incluyen una serie de índices muy útiles para que se puedan encontrar los poemas o los autores que nos interesan, ordenados alfabéticamente, por fecha de nacimiento, por lugar de procedencia, etc. En suma, una obra impresionante, que se disfruta con las manos, con los ojos y con la sensibilidad. Podremos ser partidarios o no del mundo del toreo (a mí no me resulta atractivo, ciertamente), pero lo que no podrá discutirse es que este libro ofrece un panorama literario tan enriquecedor, tan hermoso, tan pleno, que no hay más remedio que rendirse a sus encantos. Para leerlo. Para conservarlo.

 

   
 
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